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El Papa Francisco nos dice...

Audiencia General. 11 de abril de 2018.

[…]. El bautismo es «el fundamento de toda la vida cristiana» (CIC, 1213). Y el primero de los sacramentos, en cuanto a que es la puerta que permite a Cristo Señor establecerse en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

[…]. Si es el cuerpo lo que se sumerge en el agua, es el alma lo que se sumerge en Cristo para recibir el perdón del pecado y resplandecer de luz divina […]. El bautismo es un renacimiento. Estoy seguro, segurísimo de que todos nosotros recordamos la fecha de nuestro nacimiento: seguro. Pero me pregunto yo, un poco dubitativo, y os pregunto a vosotros: ¿cada uno de vosotros recuerda cuál fue la fecha de su bautismo? […].Pero si nosotros festejamos el día del nacimiento, ¿cómo no festejar —al menos recordar— el día del renacimiento? […]. Y ese día agradeced al Señor, porque es precisamente el día en el que Jesús entró en mí, el Espíritu Santo entró en mí. […]. Todos debemos saber la fecha de nuestro bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento.

[…].A través de la pila bautismal, quien cree en Cristo se sumerge en la vida misma de la Trinidad.

[…].

El bautismo es por eso un signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida. […].

Sumergiéndonos en Cristo, el bautismo nos convierte también en miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia y partícipes de su misión en el mundo […]. Una misma vida, la del Espíritu Santo, corre de Cristo a los bautizados, uniéndolos en un solo Cuerpo (cf. 1 Corintios 12, 13), ungido con la santa unción y alimentado en el banquete eucarístico.

El bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar en la Iglesia, cada uno según la propia condición, en la transformación del mundo. Recibido una sola vez, el lavado bautismal ilumina toda nuestra vida, guiando nuestros pasos hasta la Jerusalén del Cielo. Hay un antes y un después del bautismo. El sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el bautismo. Pero también los niños, desde la antigüedad son bautizados en la fe de los padres (cf. Rito del Bautismo de los niños. Introducción, 2). Y sobre esto yo quisiera deciros una cosa. Algunos piensan: ¿Pero por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, que entienda y sea él mismo quien pida el bautismo. Pero esto significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando nosotros bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace crecer en ese niño, desde niño, virtudes cristianas que después florecen. Siempre se debe dar esta oportunidad a todos, a todos los niños, de tener dentro el Espíritu Santo que les guíe durante la vida. ¡No os olvidéis de bautizar a los niños! Nadie merece el bautismo, que es siempre un don para todos, adultos y recién nacidos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, este don emana y da fruto en un terreno alimentado por la fe. Las promesas bautismales que cada año renovamos en la Vigilia Pascual deben ser reiniciadas cada día para que el bautismo «cristifique»: no debemos tener miedo de esta palabra; el bautismo nos «cristifica», quien ha recibido el bautismo y va «cristificado». Se asemeja a Cristo, se transforma en Cristo y lo convierte verdaderamente en otro Cristo.