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La Biblia

5.- nUEVO Testamento

5.3. El Protagonista

Nuestra fe confiesa que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. Creemos que Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero.

Para que nuestra confesión de fe sea verdaderamente completa es necesario conocer a ese Jesús que nació, vivió y murió en una circunstancia concreta, en un tiempo determinado y en un ambiente social con características propias. Así nos lo presentan los evangelios: en relación con su pueblo y la situación presente en que vive; por ejemplo respecto a la dependencia de Roma (Mc 12,14-17), a la tensión con los samaritanos (Lc 9,52-56; Jn 4,4ss), a la situación política y social revuelta (Lc 13,1-4), a sus esperanzas (Mt 11,2-3) y temores (Mc 13,3ss).

5.3.1. Origen

Sólo Mateo y Lucas nos hablan del nacimiento y la infancia de Jesús. Para Marcos y Juan el Evangelio comienza con el Bautismo de Jesús. La pista para encontrar la razón de este silencio la encontramos en los Hechos de los Apóstoles (1,15-26) cuando Pedro, para completar el número de doce, que había sido mermado por la desaparición de Judas, pide que los candidatos hayan sido testigos de la Resurrección y hayan acompañado a Jesús todo el tiempo que vivió con nosotros desde el Bautismo de Juan. Lo referente a este tiempo es lo que anunciaban y lo que las comunidades creían y vivían. Lo anterior parece que no tenía para ellos especial importancia.

Entre los relatos de la infancia de Mateo y Lucas hay notables diferencias. Coinciden en señalar su concepción virginal (Mt 1,18-21; Lc 1,34-35) y en el lugar del nacimiento: Belén (Mt 2,1; Lc 2,1-7). Pero los demás episodios que se narran en uno no están en el otro.

En cuanto a la fecha, nos dicen que nació en tiempo de Herodes (Mt 2,1), siendo emperador César Augusto (Lc 2,1), pero no concretan año y mucho menos mes o día. Por los datos históricos que se poseen, hay que situarla hacia el año 6 antes de Cristo. Fue muy posterior el fijar el 25 de diciembre, lo que se hizo para contrarrestar la fiesta pagana del sol invicto en honor del dios Mitra, que se celebraba ese día.

5.3.2. Familia

Los evangelios nos hablan de sus padres: María y José. Pero mientras Lucas dice que antes del nacimiento de Jesús ya vivían en Nazaret, en Mateo parece que se instalaron allí después, a su retorno de Egipto (Mt 2,21-23).

También nos hablan de sus hermanos y hermanas (Mc 3,31; Mt 12,46; 3,56; Lc 8,19; Jn 2,12) de los que incluso dan nombres (Mc 6,3; Mt 13,55). Estos hermanos y hermanas hay que entenderlos como parientes. Juan nos dice también que los hermanos no creían en Él (Jn 7,3-5) y en los sinópticos se recoge por una parte la incomprensión de la familia ante la misión de Jesús (Mc 3,21) y por otra un cierto despego de Jesús hacia ella (Mt 12,47-50).

5.3.3. Infancia y Juventud

Jesús creció en Nazaret, una pequeña aldea en la zona montañosa de la baja Galilea. Aunque los evangelios no nos dicen nada de este periodo, salvo los ritos de la circuncisión a los ocho días de nacer (Lc 2,21) y de la presentación en el Templo y purificación de la Madre, a los cuarenta días, (Lc 2,22-24) conforme a la Ley de Moisés, así como la subida a Jerusalén por Pascua a la edad de 12 años (Lc 2,41-52), es evidente que vivió como cualquier niño y adolescente judío de su época. Iría con su padre a la Sinagoga, aprendió el oficio de su padre, que los evangelios nos dicen que era carpintero (Mc 6,3; Mt 13,55), tendría amistades. A su desarrollo y proceso de maduración tanto físico como psíquico y espiritual apuntan las palabras de Lucas (2,52). Y, por supuesto, estuvo sujeto a las limitaciones y condicionamientos de toda persona humana (Jn 4,6; Mc 11,12).

Jesús es evidente que no frecuentó las academias rabínicas, que no había fuera de Jerusalén, cosa que incluso le echan en cara sus enemigos (Jn 7,15). Pero en las poblaciones aún pequeñas como Nazaret había sinagoga, que era lugar de oración y estudio. A ella acudiría como cualquier judío piadoso y allí, además de en su familia, aprendería la cultura rabínica, la historia y las costumbres de su pueblo y la interpretación de la Torah.

Lucas nos relata que ya iniciada su misión vuelve a Nazaret y en la sinagoga es invitado a leer un pasaje de Isaías (Lc 4,16-17), sin duda en hebreo, y lo comenta, como era corriente, en arameo, la lengua hablada entonces en Palestina. Además en su predicación demuestra un gran conocimiento de la Escritura (Mt 5,21ss; 9,13; Mc 2,25-26; 7,6-13; 10,3-9.19; 11,17; 12;24-27.29-31.35-36; etc.).

En el largo periodo de su vida oculta se desarrolla el proceso de su maduración humana, psicológica y religiosa que culmina con su bautismo en el Jordán.

5.3.4. La personalidad de Jesús

Los Evangelios no dan una descripción o un perfil de Jesús, pero muestran los rasgos a partir de los cuales se puede trazar.

En primer lugar aparece como alguien que en todo momento es dueño de sí mismo, una persona equilibrada aún en los momentos más duros (Mc 14,45-49; Jn 18,22-23).

Hablan de sus sentimientos: siente simpatía (Lc 7,44-50; 19,1-10; Jn 8,3-11), compasión (Mc 1,41; 6,34; Lc 7,13), trata con ternura a los niños (Mc 10,14-16) y a los enfermos (Mc 141; 5,33-34), mira con amor (Mc 10,21), manifiesta alegría (Lc 10,21) y también tristeza (Jn 6,67), es sensible ante el desagradecimiento (Lc 17,17-18), se emociona y llora por la muerte del amigo (Jn 11,33-38), se conmueve al pensar en la suerte que correrá Jerusalén como causa de su rechazo a Dios (Lc 19,41), siente angustia ante la muerte (Lc 22,41-44).

Jesús tiene amigos: los discípulos (Lc 12,4; Jn 15,15), los hermanos Lázaro, Marta y María (Jn 11,5; Lc 10,38-42), y sus enemigos decían que era amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19).

En el desarrollo de su ministerio no se deja atrapar por el éxito (Mc 1,35-38; Jn 6,14-15) y sabe aceptar el rechazo (Mc 5,17-18), reprendiendo a los discípulos por no saber aceptarlo (Lc 9,53-56). Pero también juzga y responde con dureza ante la cerrazón y terquedad de algunos (Mt 11,16. 20-24; Lc 9,41; 11,29) o de sus adversarios (Mt 12,34; Mc 7,5ss), llegando a mirarlos airado y entristecido (Mc 3,5). Incluso a sus discípulos les corrige en ocasiones con palabras duras (Mc 8,33). Reacciona con contundencia ante las actitudes que suponen una ofensa a la santidad del Dios y del Templo como lugar sagrado (Mc 11,15).

Jesús aparece siempre como un hombre libre en todas sus relaciones e independiente de todo compromiso o hipoteca, fiel a la línea de conducta que le marca su misión, con la que se siente identificado. Vino y vivió para todos, a todos se dio y por todos murió.

5.3.5. Jesús, Hombre religioso

Jesús se sometió siempre a los ritos establecidos (Lc 2,21ss). Tenía por costumbre ir los sábados a la sinagoga (Lc 4,16.31-33; 6,6; Mc 6,2), subía a Jerusalén en las grandes fiestas (Jn 2,13; 7,2.14; 13,1; Mc 14,12), como estaba mandado, desde su infancia (Lc 2,41-42), e incluso a otras menores (Jn 10,22-23).

Oraba, con frecuencia retirándose a lugares apartados (Mc 1,35; Lc 9,29), incluso pasando la noche en oración (Lc 6,12). Enseñaba a orar (Mt 6,5-15; Lc 11,2-4) y a orar con confianza y perseverancia (Lc 11,5-14), sin desanimarse (Lc 18, 1ss) y con humildad (Lc 18,9-14). A veces eleva su oración al Padre públicamente (Lc 10,21-22; Jn 11,41-42), también en el momento de la muerte en la Cruz (Mc 15,34; Lc 23,34.46).

5.3.6. Jesús y la Ley

Los evangelios dan numerosas muestras de que Jesús conocía perfectamente la Torah, o Ley de Moisés. Así como de que no sólo la aprendió, sino que la vivió y practicó e incluso se preocupa de que otros la cumplan, como cuando manda a los leprosos curados que vayan a presentarse al sacerdote (Mt 8,4; Lc 17,12-14). Y afirma que no ha venido a destruir la ley sino a darle cumplimiento (Mt 5,17).

En los evangelios encontramos también ocasiones en la que parece que Jesús no guarda el descanso sabático o alguna otra prescripción como lavarse las manos antes de comer, detalles que le echan en cara sus enemigos, pero lo que hace en realidad es no someterse a las estrechas interpretaciones que de la Ley hacían algunos fariseos. Los preceptos de la Ley están subordinados al bien del hombre y no al revés (Mc 2,27; Lc 6,9). Jesús no se queda en la observancia escrupulosa de los innumerables preceptos humanos de que había sido rodeada la Ley sino en lo que la inspira, el auténtico amor a Dios y al prójimo, pues en esto consiste, como afirma en línea con otros grandes rabinos anteriores a Él, toda la Ley y los Profetas: no hay otro mandamiento más importante (Mt 7,12; 22,36-40; Mc 12,29-31).

5.3.7. El Templo y la sinagoga

La vinculación de Jesús al Templo era la de cualquier judío piadoso: participar en el culto y los sacrificios de las grandes fiestas y pagar el tributo para el sostenimiento del mismo (Mt 17,24-27).

En los Evangelios se dice que, cuando subía a las grandes fiestas, enseñaba en los atrios del Templo (Mc 12,35; Lc 19,47; 21,37-38; Jn 7,14. 8,2), como podían hacerlo otros maestros, pues había zonas y dependencias para ello.

Con las autoridades religiosas de Jerusalén, que integraban el sacerdocio oficial y pertenecían a la secta de los saduceos, Jesús no tuvo contacto salvo en sus últimos días, según los evangelios sinópticos, en los que chocó con ellos al expulsar a los vendedores de los atrios del Templo (Mc 11,18 y par.) por lo que le piden explicaciones sobre su autoridad para actuar así (Mc 11,27-28). Este episodio el cuarto evangelio lo coloca al principio de la vida pública de Jesús (Jn 2,13ss). Para ellos Jesús era una persona incómoda por lo que conspiraron para matarle (Mc14,1.10-11; Mt 21,45-46; 26, 4.14-16; Lc 19,47; Jn 11,46-52), situación que Jesús no ignoraba pero ante la que no se acobardó, aceptándola como el cumplimiento de su misión (Mc 8,31; 9,31; 10,33-34). Una vez prendido, Jesús guardó silencio ante sus acusadores (Mc 14,60-61).

Más estrecha era la relación de Jesús con la Sinagoga. Jesús acudía a la sinagoga, especialmente los sábados “como era su costumbre”, nos dice Lucas (Lc 4,16). En ellas participaba haciendo la lectura cuando era invitado y también enseñaba (Mt 4,23; Mc 1,39; Lc 4,16-21.44; 6,6). Jesús trata con su dirigentes, en alguna ocasión enfrentado a ellos (Lc 13,13) pero en otras atendiendo a sus necesidades (Mc 5,22-24.36-43). Asimismo se relaciona con los fariseos, maestros del pueblo que tiene su centro religioso en la sinagoga. Con ellos debate cuestiones (Mc 7,1-13; Mt 22,34-45), en ocasiones lo critican o atacan (Lc 15,2; 19,39; Mt 12,24; Mc 2,16) y en otras le invitan a comer (Lc 11,37; 14,1) o le avisan del peligro que corre (Lc 13,31).

5.3.8. Jesús y el pueblo

Las gentes de Galilea acuden a Él para escucharle (Mc 2,1; 4,1; Mt 12,46; 13,1; Lc 5,1; 21,38) o para que cure a sus enfermos (Mc 2,3; 3,10, 6,53-56; Mt 8,16), le buscan (Mc 1,37; 2,3ss; 3,7; 6,33) y le siguen (Mt 4,25; 12,15). Se admiran de su doctrina (Mc 2,12; Mt 7,28-29; 9,8; Jn 7,40; 12,18). También cuando sube a Jerusalén acuden a escucharle (Lc 19,48;21,38). Sin embargo, no falta en ocasiones la división de opiniones (Jn 7,41-43;12,18-19.34;42-43)

Para este pueblo, las multitudes, mujeres, niños... Jesús siente una profunda compasión, los ve como ovejas sin pastor (Mc 6,34; Mt 9,36), es sensible a sus carencias y necesidades (Mc 8,1; Mt 15,32) , a sus sufrimientos (Lc 7,12-13), incluso en los momentos en que es víctima de la tortura (Lc 23,28); se entrega a ellos sin pensar en Él mismo (Mc 6,31-34) y ofrece su alivio a los que están cansados y agobiados (Mt 11,28).

Ese pueblo son también los publicanos, los pecadores y los marginados de cualquier clase (Mc 2,15, Lc 19,10), incluidos los leprosos (Lc 5,12-13), porque Él ha venido a buscar y curar a los enfermos y pecadores (Mc 2,17; Mt 9,10-12; Lc 5,31).

Las mujeres, a las que acepta en su compañía (Lc 8,1-3) y pone de ejemplo por sus acciones (Lc 21,1-4) o como protagonistas de sus parábolas (Mt 13,33; Lc 15,8-10), y los niños (Mc 10,13-16; Mt 18,2-4.10; 19,13-14; Lc 18,15-17) son también objeto de la atención de Jesús.

Jesús que ha sido en su vida oculta y sigue siendo durante su misión pública parte de ese pueblo, con el que se identifica y a quien ama, no se deja halagar por él (Mc 10,17-18) ni busca el aplauso de las gentes. Realiza con libertad su misión tanto respecto de su familia (Mc 3,20) como de las tradiciones (Mc 7,5ss), de sus oponentes (Mc 12,13-17) o de los poderes (Mc 11,27-29; 14, 60ss; 15, 2ss; Lc 13,31-33). Cuando sus gestos pueden ser interpretados con un sentido temporal se aparta de las multitudes (Mc 1,38; Lc 5,1516; Jn 6,14-15).

5.3.9. Jesús y los grupos sociales, religiosos y políticos de su tiempo

Jesús no se vincula a ningún grupo o corriente social, política o religiosa. Por su actividad de maestro del pueblo y su vida, a la que más próximo estaría es a los fariseos, aunque no militaba entre ellos e incluso aparece enfrentado a ellos debido a sus legalismos, pero también debate con ellos cuestiones doctrinales y acepta ser invitado a su mesa.

Jesús tampoco rehúsa el trato con otros grupos muy distantes de ellos, como los publicanos o recaudadores de tributos para Roma (Mc 2,15), de los cuales había uno entre sus discípulos más próximos (Mt 9,9) como había también un zelota (Mc 3,18), movimiento nacionalista que se oponía a la dominación.

Su distancia era mayor con los saduceos (Mc 12,18ss), corriente a la que pertenecían los altos sacerdotes y dirigentes del Templo de Jerusalén y también lo grandes terratenientes.

Con las autoridades de los ocupantes romanos no aparece en conflicto ni incita a la rebelión. Enseña que debe pagarse el tributo al César (Mc 12,17). Cura a un criado del centurión de Cafarnaum y alaba la fe de este gentil (Mt 8,5ss).

De Herodes Antipas, a cuya jurisdicción pertenecía como galileo, dijo en una ocasión que era un zorro (Lc 13,32) y que había que guardarse de su levadura (Mc 8,15).

En los evangelios también aparece Jesús en relación con los samaritanos, enemistados con los judíos. Jesús no rehúsa el trato con ellos: Habla con una mujer samaritana y permanece unos días en una aldea de Samaria (Jn 4,7-9.40), cura a un leproso samaritano junto con otros y resalta su gesto de gratitud (Lc 17,15-19), en su enseñanza llega a poner a un samaritano como ejemplo de amor al prójimo (Lc 10,30ss) y reprende a sus discípulos cuando quieren pedir que baje fuego sobre una aldea samaritana que no quiso recibirles camino de Jerusalén (Lc 9,53-56).

No faltan tampoco pasajes en los que Jesús trata con paganos. Hacia ellos aparecen actitudes contrapuestas. Por un lado prohíbe a sus discípulos cualquier actividad misionera con los paganos (Mt 10,5) y tiene palabras muy duras para una mujer sirofenicia que le pide la curación de su hija (Mc 7,27). Por otro, atiende y cura a los gentiles, como al criado del centurión (Mt 8,5-13), al endemoniado de Gerasa, aunque no le permite unirse a su grupo (Mc 5,1-20), a los enfermos que venían en grupos de Tiro y Sidón para escucharle (Mc 3,8) y a la hija de la misma mujer sirofenicia de la que reconoce su gran fe (Mc 7,29). A los paganos les promete participar en la salvación (Mt 8,11; 21,43;) y afirma que todos los pueblos comparecerán ante el tribunal de Hijo del Hombre (Mt 25,32).

5.3.10. Jesús, el Maestro

Jesús, una vez iniciada su misión, es conocido, y así era llamado por sus contemporáneos, como Maestro o Rabí (Mc 4,38; 9,17.38.; 10,17.35; 11,21; 12,14.19.32; Lc 7,40; 12,13; Jn 1,38.49; 3,2; 6,25; 8,4; 9,2; 20,16; etc.).

Este título solía darse a cualquiera que, versado en la Ley, reunía junto a sí algunos discípulos. Pero Jesús no ha conseguido este título en ninguna escuela (Jn 7,15). Es el reconocimiento público de su actividad y de su doctrina, a la cual las gentes reconocen una autoridad no conocida en otros maestros (Mt 7,29). Aunque hay quienes por ello se escandalizan (Mc) o recelan (Mc 2,6-7; 6,2-3; Jn 6,42.61). El mismo Jesús reconoce para sí este título (Mc 14,14; Jn 13,13).

Como Maestro o Rabí itinerante desarrolla su misión predicando y enseñando públicamente a las multitudes (Mc 2,13; 4,1; 6,34; 8,1; Lc 12,1; etc.), a grupos más o menos pequeños (Mc 2,2; 4,10; 7,1) o a personas determinadas (Mc 10,17-20; Lc 10,39-42; Jn 3,1-21; 4,7-26).

Jesús enseña siempre y en cualquier lugar: en las sinagogas (Mc 1,21; 6,2; Lc 4,15ss), en las plazas de ciudades y aldeas (Mc 6,6; Lc 8,1; 13,22), en una casa (Mc 2,1), a la orilla del Lago (Mc 2,13; 6,34; Lc 5,13), en el campo (Lc 6,17), en el monte (Mt 5,1-2), yendo de camino (Mc 8,27) o haciendo en la barca la travesía del lago (Mc 9,31) e incluso en el Templo de Jerusalén (Mc 12,35; Lc 20,1; 21,37-38; Jn 8,2).

Muchos le escuchan pero algunos le siguen como discípulos (Lc 6,12; Mc 3,7;8,34; Jn 6,66).

Los Evangelios nos presentan un grupo de discípulos que junto con algunas mujeres (Lc 8,1-3) le siguen de manera estable y a los que dirige su enseñanza de forma particular (Mc 9,31; 4,34; Mt 16,13). De algunos de estos discípulos narran su vocación (Mc 1,16-20; 2,14; Jn 1,37ss), así como la institución de un grupo diferenciado que denominan como los Doce, a los que les da una formación especial (Mc 6,30-31; 10,32-34) asociándolos de manera particular a su misión (Mc 3,14-15; 6,7). Aún dentro de este grupo hay tres de los que se hace acompañar en ocasiones excepcionales (Mc 5,37; 9,2; 14,33).

Jesús trata a sus discípulos, especialmente a ese grupo que le acompaña habitualmente, como amigos, compartiendo con ellos su vida en confianza y mutua simpatía y amor (Mc 10,24-27; Lc 12,4.32; Jn 15,15). Los defiende de quienes les acusan de faltar a la Ley (Mc 2,24-26; Mt 15,1ss) o de no observar ciertas prácticas religiosas (Mt 9,14-15), les confía sus inquietudes (Mt 17,24-27), les abre su corazón (Jn 13,31-17,26) y anuncia los sucesos que le esperan (Mc 8,31; 9,31), con ellos sube a Jerusalén para las fiestas (Mt 26,1.17; Lc 9,51,55) y con el grupo que le acompaña celebra la Pascua (Mc 14,12).

A veces tiene que corregirlos, en incluso regañarlos por su falta fe y de confianza en Él (Mt 14,31; Mc 4,37-41) y porque no acaban de entenderle ni a Él ni el sentido de sus palabras y su misión (Mc 8,14-21; Lc 9,55). Unas veces lo hace con grandes dosis de paciencia (Mc 10,41-45; Lc 22,31-33) y otras emplea un lenguaje duro (Mc 8,33).

Ellos, que en ocasiones han mostrado su adhesión (Jn 6, 68-69) y hecho solemnes promesas de fidelidad (Mt 26,33.35; Jn 13,37), en los momentos decisivos le abandonan (Mc 14,50), le niegan (Mc 14,66-70) e incluso le traicionan (Mc 14,10). Aunque uno de ellos, junto a la Madre de Jesús y las mujeres, estuvo en el Calvario (Jn 19,25-27).

Pero Jesús, una vez resucitado los busca y les confía la misión de anunciar la salvación en su nombre (Lc 24,36-48).

5.3.11. Los acontecimientos decisivos

Toda la vida de Jesús tiene un punto culminante hacia el que se dirige: su “hora”, la hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13,1) que tantas veces anunció (Mc 8,31; 9,31; 10,33-34), a la que se dirigió con decisión (Lc 9,51; 19,28) y que es la culminación de su misión (Jn 12,27-28).

5.3.11.1. La Última Cena

Jesús había subido a Jerusalén con sus discípulos a celebrar la Pascua. Al aparecer la primera estrella, momento en que comienza el día para los judíos, Jesús, se sienta a la mesa con sus discípulos para celebrar la cena ritual de la Pascua judía (Lc 22,13-15).

Aunque las diferencias entre el Evangelio de Juan y los sinópticos han suscitado discusiones sobre el carácter de la cena que celebró Jesús con sus discípulos aquel último día, existen razones suficientes para afirmar que lo que celebraron fue la cena pascual judía según el ritual establecido [Consultar: La Pascua de Jesús en su Tiempo y en el Nuestro. Vicente Serrano. Ediciones San Pablo].

En aquella cena, Jesús introduce unas palabras nuevas (Lc 22,19-20) con las que instituye la Eucaristía: Recoge un rito que existía y le da un contenido nuevo, con el mandato de repetirlo en memoria suya (Lc 22,19). De este modo, aquella cena que conmemoraba y actualizaba una libertad, la de Israel de la esclavitud de Egipto, por la sangre del cordero, sería en adelante la cena de otra libertad, ofrecida y abierta a todos los hombres, la de la esclavitud más profunda del mal y del pecado, por la sangre de Jesús, cordero de la nueva Pascua.

5.3.11.2. El proceso

Terminada la cena, como otras noches estando en Jerusalén, Jesús salió a las afueras de la ciudad y se retiró a orar (Lc 22,19). Estando en oración tuvo lugar su agonía (Lc 22,41ss y par.), el prendimiento por parte de los guardianes y servidores del Templo, dirigidos por Judas Iscariote y el abandono de sus discípulos que huyeron (Mc 14,43-52). Fue conducido al palacio del Sumo Sacerdote. Aquí es interrogado y vejado (Mc 14,53-65). Pasada la noche, es conducido al Prefecto romano para acusarlo y pedir su ejecución, a la que accede bajo la presión de las autoridades religiosas y de la multitud manipulada por ellos. Allí, en el palacio del Procurador, es flagelado por orden de éste y sufre de nuevo las burlas de sus verdugos que le coronan de espinas y le atavían de rey (Mc 15,1-20).

También aquí las diferencias entre los relatos evangélicos han suscitado discusiones entre los estudiosos. Sin entrar en ellas, y para entender desde un punto de vista humano estos hechos, hay que precisar algunos aspectos:

  • Lo que atrajo sobre Jesús la enemistad de los dirigentes religiosos de su pueblo fue la libertad con que actuaba, exenta de todo compromiso y siempre fiel a la Misión que del Padre había recibido.
  • Quienes condenan a Jesús y lo llevan ante el Procurador, porque ellos no podían ejecutar una sentencia de muerte, son los Sumos Sacerdotes, instigadores y promotores de la conjura, los ancianos y los servidores del Templo, todos ellos saduceos.
  • Ni ante el Sanedrín ni siquiera ante el Procurador parece que existieran verdaderos juicios con los requisitos formales exigidos, pues los interrogatorios en ambos casos están llenos de irregularidades.
  • La sentencia de muerte, como correspondía legalmente, la dictó el Procurador romano. Sin ésta hubiera sido imposible la crucifixión.
  • El pueblo, que aparece implicado en la condena de Jesús según los relatos (Mt 27,25), son los que cabían en el reducido espacio ante el pretorio, la gente concentrada para pedir, según la tradición, la liberación de un preso con motivo de la Fiesta (Mt 27,5). Pero junto a estos hay una gran muchedumbre y mujeres que lloraban que siguieron a Jesús en su camino al Calvario (Lc 23,27.48).

5.3.11.3. La muerte

Desde un punto de vista humano, la causa de la muerte de Jesús fue política: Amenazaba el orden establecido y guardado por la “pax romana”. Ésta fue la acusación que los Sumos Sacerdotes hicieron ante Pilato, proclamarse rey, como se escribió en la tablilla que publicaba la causa de la condena.

La crucifixión era el modo de ejecución para este tipo de delito empleado por los romanos. Un tormento tremendamente cruel, en que el reo acaba muriendo por asfixia.

Jesús, extremadamente debilitado por las torturas padecidas, muere más deprisa que lo esperado por los ejecutores.

Ha entregando su vida libremente (Jn 10,18) y, consciente de consumar con ello la misión para la que el Padre le ha enviado al mundo (Jn 12,27), muere perdonando (Lc 23,34).

5.3.11.4. La Resurrección

Cuando los dirigentes religiosos de Jerusalén y las poderosas familias sacerdotales vieron morir a Jesús, pensaron que todo había acabado y que aquel galileo habría sido uno más de los falsos mesías que por entonces aparecieron. Pero pocos días después empezó a correr por Jerusalén la noticia de que había resucitado. Así lo proclamaron los discípulos ante la gente en la fiesta de Pentecostés (Hch 2,14 ss).

El sepulcro vacío y las apariciones a las mujeres y los discípulos son los datos que nos transmiten los evangelios sobre este hecho extraordinario, que ni ellos mismos aceptaron en principio con facilidad (Lc 24,11.17; Jn 20,25), pero con el que empieza la fe en Jesucristo que da origen a las primeras comunidades cristianas, ha alimentado a la Iglesia a lo largo de los siglos y cambió el curso de la Historia.