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En Memoria de D. Feliciano

 

Comenzó expresando un sentimiento que estaba en todos nosotros: Ha pasado un año desde que D. Feliciano nos dejó y parece que fue ayer. Y añadió: En este año estoy seguro que hemos recordado muchas veces a D. Feliciano; digo bien si afirmo que alguno de nosotros hemos acudido a su intercesión. Hoy, añadió, pedimos por él al Señor, pero también pedimos su intercesión, al tiempo que damos gracias a Dios por su vida y su persona, por la obra buena que realizó a través de este buen sacerdote, de este hombre de Dios, trabajador, fiel, sencillo, dócil, honesto, noble, virtuoso, amante de sus amigos, espiritual; de este hombre de oración, devoto de la Virgen, de la Eucaristía; un hombre con un gran amor a la Iglesia, con una admirable capacidad para escrutar la palabra de Dios. Sencillo y profundo, cercano y digno.

Recordó la oración de Jesús al Padre, tras la Última Cena en la que le rogaba “que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria”. Estas palabras del Señor se habrán hecho vida ya para D. Feliciano, pues él fue «de los suyos», afirmó, para explicar a continuación: los suyos son los más íntimos, los apóstoles, el grupo de su predilección amorosa, elegidos en una noche de oración, y cuyo nombre fue pronunciado, uno a uno, por labios de Cristo, evocando la elección eterna del Padre. Son los que él llamó para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar y sanar a los afligidos por todo tipo de males. Son los que permanecieron con él, en sus gozos y pruebas, y que ahora, en la Última Cena han sido constituidos sacerdotes de la nueva alianza. Los que, expropiados de sí mismos, han dejado que su corazón se transformara cada vez más según la medida de Cristo. Como comentaba el Cardenal Rouco, estos «suyos» son especialmente sus sacerdotes.

Evocó y reflexionó después sobre los momentos finales de la vida de D. Feliciano, vida que fue como su muerte, para el Señor y para la Iglesia:

Para un sacerdote la muerte es el momento privilegiado de culminar su vida por los hermanos. Analizando la vida de D. Feliciano, uno tiene la sensación de estar ante alguien que entregó su vida por sus hermanos. Por eso su recuerdo no nos deja tristes, sino esperanzados, confiando. D. Feliciano Vivió con fe y murió con fe. Y sólo la fe, la fe profunda, hecha experiencia-vivencia-acontecimiento-encuentro, es capaz de despejar las incertidumbres, los miedos.

Yo fui testigo de cómo D. Feliciano vivió la muerte. No fue algo que le sorprendió, no fue inesperado. D. Feliciano previó su muerte, se preparó de modo admirable; Dios le dio el don de ir asomándose a la otra orilla de la vida, de anticiparla, de vivirla con gozo, de esperarla, e incluso de desearla.

D. Feliciano murió así, santamente, porque así vivió. Dije hace un año, y me gustaría volver a decir hoy -como Decano del Tribunal- que fue un hombre justo. Trabajó por la justicia, la encarnó, la hizo vida, todo ello en nombre de Dios, al servicio de la Iglesia y de los hombres. Un hombre trabajador, escrupulosamente dedicado a su misión. Fiel a la vocación que había recibido del Señor. Servicial, humilde, bondadoso, muy bondadoso.

D. Carlos nos animó con fuerza a continuar la obra empezada por D. Feliciano: Hace un año os decía que no tendríais perdón si no se continuara la obra que él empezó junto con algunas de vosotras. El legado de D. Feliciano permanecerá imborrable para vosotros. Me alegro profundamente al ver que su obra -que es la de Dios, Domus Mariae- sigue creciendo y robusteciéndose.

Terminó afirmando su fe y la nuestra en la Resurrección y su confianza y la nuestra de que D. Feliciano gozará ya de la Vida que no termina:

Al recordar esta tarde a D. Feliciano, al rezar por él, lo hacemos con gran paz, pues estamos confiados en las palabras del Señor: «yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Él creyó esto, firmemente. Estoy convencido de que muriendo habrá alcanzado la vida, aquella que no termina, que no está marcada por la caducidad del tiempo, sino por la presencia de Dios.

Queridos hermanos, el hombre ha sido creado para la vida. La última palabra no puede ser la muerte, el morir. Nosotros sabemos que, muriendo con Cristo, resucitaremos con Él. En su resurrección está injertada la nuestra. Detrás de la cortina de la muerte se alza la luz cegadora de Dios creador, salvador padre misericordioso. Esa cortina habrá sido abierta ya para el que predicó su palabra, celebró sus sacramentos, aconsejó y acompañó a tantos. Descansa en paz Feliciano, e intercede por nosotros.