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La Palabra de Dios

¿Podemos decir que conocemos la Palabra de Dios?

Quizá debamos decir que la desconocemos, porque no la leemos.

Aunque yo diría que más que leerla, debemos escucharla, porque es la Palabra de un Dios que habla. Escucharla en silencio y en recogimiento. Se dirige a nosotros, a la Humanidad, a cada hombre. Tiene que decantar en nuestro propio corazón. Como la semilla de la parábola del Evangelio, que cae en los surcos de la tierra, y en el seno de esos surcos germina y nace y produce el ciento por uno (Lc 8,8).

Pero no sabemos escuchar esa Palabra. Y en ello veo una de las razones por la que nos envuelve el terrible silencio de Dios. Y también una de las razones por la que los hombres de hoy nos encontramos sacudidos por mil convulsiones, cegados por mil oscuridades, turbados ante mil encrucijadas, desconcertados y angustiados, a pesar de nuestra aparente seguridad.

Por eso, pienso algunas veces que la crisis de valores que sufre nuestro mundo, su desamparo y su tragedia, no son sino la carencia de la Palabra de Dios, el hambre que predijo Amós, el profeta de Téqoa (Am 8,11 s.).

Tenemos también que meditarla. La reflexión hace que la Palabra escuchada se hunda más en nosotros, y en esas capas profundas de nuestro ser se nos abra y nos descubra y ofrezca su germen de vida. Así se abre el grano de trigo cuando lo recoge y lo arropa la tierra y lo riega después la lluvia.

Necesitamos recordar, como recordaron los de Babilonia, que Dios nos ha llamado, que Dios nos ha hablado y que Dios nos conduce, como nuevo pueblo suyo, a través de las vicisitudes y riesgos de la Historia.

Necesitamos recordar, por medio de esa palabra, que Dios nos ama con un amor incompresible y que sigue salvándonos, a pesar de nuestras rebeldías y nuestros pecados.

Necesitamos recordar que “muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos” (Heb 1,1-2)

Necesitamos recordarlo cada día. Porque cada día tenemos que rectificar el sentido de nuestra marcha, y cada día debemos escuchar la Palabra limpia de Dios para no dejarnos aturdir por las voces, los gritos y las ambiciones de los hombres, en esta especie de mercado oriental que es el mundo.

Es una tarea de todos. A todos Dios nos habla, y todos tenemos el derecho de poder escuchar esa palabra, sin que nadie la secuestre o la acapare. Aunque sólo la comprenderán quienes se acerquen a ella por la fe, quienes la reciban con humildad, quienes la guarden y mediten en su corazón, como María la guardaba y la meditaba (Lc 2,19.51).

Vicente Serrano

Tierra de Exilio (Pgs. 122-125) Ed. Rialp.