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Como decía de D. Feliciano

   

¿Qué es una “Espiritualidad”?

Espiritualidad viene a ser lo mismo que perfección o camino de perfección. Así las diversas escuelas de espiritualidad son diversas palestras de formación a la perfección cristiana o a la santidad. La perfección se concreta siempre por parte de Dios en entregarse al hombre y por parte del hombre en su generosa y constante cooperación a la gracia, progresando en la caridad. Sin embargo, esa adquisición de la perfección, se enriquece con varias formas y detalles accidentales, que es lo que caracteriza a las diversas escuelas. Cada una de ellas tiene un modo de usar los medios para lograr la perfección, dan más importancia a uno u otro modo de considerar la relación del alma con Dios. Se ha de tener en cuenta que ninguna escuela excluye a otra. En cada una hemos de admirar la riqueza del Evangelio y de la vida divina en la Iglesia.

Las diversas escuelas de espiritualidad suelen elegir un Santo que es como el prototipo de esa vida espiritual. En Domus Mariae hemos elegido a la Santísima Virgen. Ya sabemos que todos los hombres, todos los creyentes deben tener a María como ejemplo y modelo en su vida. Nosotros, además de esto, queremos subrayar, vivir con mayor intensidad algunos rasgos o momentos de la vida de María. Y hemos elegido tres momentos de su vida para vivirlos con más intensidad: la Anunciación, la Visitación y el Calvario. Estos tres momentos, vividos con sus consecuencias más esenciales son los motivos que constituyen nuestra espiritualidad.

Momentos de la vida de María que queremos vivir con más intensidad.

La Anunciación.

En la Anunciación el ángel propuso a María el plan divino que tenía sobre Ella para que aceptase ser la Madre de Dios. María escuchó la Palabra de Dios, la aceptó, la guardó en su corazón y la hizo vida de su vida.

Los miembros de Domus Mariae, en la lectura diaria de la Palabra de Dios, escuchamos lo que Dios nos quiere decir para que lo vivamos ese día. Nosotros aceptamos la Palabra de Dios, guardamos esa Palabra en nuestro corazón, como María y la llevamos a nuestra vida. Así a este encuentro diario con la Palabra de Dios le llamamos nuestra “Pequeña Anunciación”. Así vivimos este acontecimiento todo el día y todos los días. Porque también la Santísima Virgen reviviría el momento de la Anunciación todos los días y cada momento del día.

La Visitación

En la visitación, María fue a ayudar a su prima Santa Isabel. Fue a ayudarla en lo corporal y en lo espiritual. Iba con las manos llenas en los dos aspectos. En el Espiritual era la “llena de Gracia” y llevaba en su seno al Autor de la Gracia. En lo corporal llevaba su juventud para ayudar a una anciana.

En Domus Mariae no reunimos semanalmente. Vamos a la reunión a ayudarnos mutuamente en lo corporal y en lo espiritual. Para ayudarnos en lo espiritual, nos comunicamos mutuamente la riqueza que hemos tenido viviendo la Palara de Dios durante la semana. En lo corporal, pidiendo ayuda en cualquier necesidad que podamos tener los que formamos el grupo, ayuda que extendemos a cualquier otra necesidad que conocemos. A veces, solamente podemos ayudar con la oración. Y este compromiso le llevamos todos a nuestra vida durante la semana.

Cuando cruzamos las calles y las plazas para llegar al lugar de la reunión, pensamos en los montes y valles que tuvo que cruzar la Virgen hasta llegar a la casa de Isabel. Y recordamos las palabras del profeta Isaías, que pudo también recordar la Virgen mientras cruzaba los montes: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación” (Is 52,7-8).

María en el Calvario

En el Calvario estaban Jesucristo clavado en la cruz, María y el discípulo amado. En un momento, Jesús, dirigiéndose a su Madre, le dijo: “Ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26-27). Jesús en aquel momento proclamó que su Madre es también nuestra Madre, la encargada, como madre de nuestra vida de hijos de Dios. El evangelista interpretó fielmente aquellas palabras de Jesús y desde el Clavario la llevó a su casa: “Y desde aquel momento, es discípulo la recibió en su casa”.

Con este gesto el evangelista nos representaba a todos los creyentes y hacía lo que debemos hacer todos nosotros: llevar a María a nuestra Casa, tenerla y amarla allí como Madre, imitarla como nuestro ejemplo y modelo y trabajar para que nuestra casa sea como la casa de María en Nazaret. Todo ello es lo que queremos manifestar cuando decimos que nuestra casa es “Casa de María”.

Cómo vivir esta espiritualidad

María en nuestra casa

Antes de hacer que nuestra casa sea una Casa de María queremos conseguir que lo sea nuestro corazón. San Agustín ya lo decía: “Edifica en tu corazón una casa a la que pueda venir Cristo a enseñarte y a conversar contigo” (In Jo 7,9).

Nosotros, cumpliendo el encargo de Jesús en la Cruz, llevamos a María a nuestra casa, como hizo el evangelista. María tiene en nuestras casas una presencia especial para cumplir su misión de Madre. Y todos los días repetimos este gesto, renovamos esta intención. Si la Misa es repetición del sacrificio del Calvario, salir del templo debe ser como un “bajar del Calvario”. Del Calvario se baja como lo hizo el evangelista: llevando a maría a su casa. Por eso, asistimos a diario a la Santa misa y salimos del templo llevando a María a nuestra casa.

María nuestro modelo

Teniendo a María en nuestra casa, nos resulta muy familiar y fácil vivir la compañía de María. Con frecuencia nos preguntamos durante el día: Esto, que voy a hacer, ¿lo haría María? Esto, que voy a hacer ¿cómo lo haría María? Y en nuestra conciencia se oye una voz que nos dice el camino que hemos de seguir. Es la voz de María que nos dice: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Y nos viene a la mente la palabra de Dios que es “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestros senderos” (Sal 119,105).

María Madre de nuestra vida espiritual

Cuando Jesús en el Calvario dijo: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tiene s a tu madre”, Jesús proclamó solemnemente que nos dejaba a su Madre para que hiciera de madre nuestra en nuestra vida espiritual. Ello supone una cercanía a nosotros en el amor, en la ayuda con la gracia tan cálida y tan viva como puede ser la presencia de una madre corporal en nuestra vida. Por nuestra parte supone un amarla como Jesucristo la amó, como madre nuestra y un imitarla como ejemplo y modelo de nuestra vida.

La compañía de María la sentimos de modo especial porque sabemos que, desde el cielo, cumple su misión de madre con todo el amor de que es capaz la que fue preparada por Dios para ser su Madre.

La sentimos también muy cerca porque queremos imitarla de modo especial en el modo como escuchó la Palabra de Dios y la llevó a la Práctica.

En nuestra casa María cuida de nosotros como cuidó de su Hijo Jesús y como cuidó del evangelista San Juan. En nuestras casas María es la Madre de nuestras almas. Es la Madre. Por eso, nuestra casa es “Casa de María”.

Y con María, su esposo San José

Otra consecuencia de hacer de nuestras casas “Casas de María” es la protección que sentimos con la devoción a San José. La figura de San José aparece en la casa de María en Nazaret, como la persona elegida por dios para proteger el plan divino sobre aquella Madre y aquel Hijo. San José era el protector de aquella casa, encargado por Dios para realizar esta misión durante su vida en la tierra.

En nuestras Casas de María san José es el Protector de las mismas. Los miembros de Domus Mariae confiamos a San José la protección de las Casas de maría. Acudimos a él como tantas veces acudirían María y Jesús.