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Liturgia

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Ante nosotros se abre un nuevo año, un nuevo camino, una historia de amor siempre repetida y siempre nueva. Os invito a contemplar este camino que hoy empieza, a reflexionar juntos sobre su significado y sobre el significado que tiene para cada uno de nosotros. Pero la reflexión debemos hacerla no con la cabeza, sino con el corazón.

El año litúrgico es la síntesis en doce meses de una larga e interminable historia de amor y salvación. Pero esta síntesis, que cada año repetimos, no implica rutina, intrascendencia, vulgaridad. Es, al contrario, una invitación a profundizar en sus misterios, a conocerlos mejor, a vivirlos más conscientemente y, por lo mismo, más alegremente, pues son misterios de amor y de vida.


Vamos a recordar esta historia a lo largo del año, por eso no es necesario que ahora nos detengamos en sus detalles, detalles que bien conocéis, pero si me parece importante fijar nuestra atención en los tres hitos que la jalonan, los tres acontecimientos claves que dan sentido a dicha historia:

  1. La Natividad de Jesús. El Hijo de Dios, que está junto a Dios y era Dios, se hace hombre en el seno de una mujer de nuestra raza, María, la virgen doncella de Nazaret. Subrayo: una mujer de nuestra raza, no una diosa.
  2. La Pascua. El Hijo de Dios hecho hombre, después de una corta vida como anunciador del reino de Dios, muere crucificado y resucita como había prometido. Cumplida su misión vuelve al Padre.
  3. Pentecostés. En la fiesta judía de Sabbuot, el Espíritu Santo, prometido por Jesús, viene sobre el grupo de discípulos formado en torno a Él. Esta venida significa la afirmación del grupo y el nacimiento de la Iglesia como comunidad de los que creen en Cristo, así como el comienzo de una etapa nueva en la historia de la salvación: la etapa del Espíritu.

Debido a la importancia de estos tres acontecimientos, cada uno de ellos tiene un tiempo de preparación y otro que pudiéramos llamar de prolongación y vivencia del misterio.

Los de preparación son: Adviento, Cuaresma, Vigilia de Pentecostés.
Los de prolongación y vivencia: Epifanía, Pascua, Tiempo Ordinario.

Finaliza esta historia de salvación con la fiesta de Cristo Rey, que es como el último acorde de una sinfonía maravillosa de amor. Es también el preludio de la Parusía o retorno de Cristo, de su triunfo sobre todas las fuerzas del mal, del pecado y de la muerte: es el anuncio de nuestro triunfo con Cristo y la afirmación de nuestra esperanza.
Contemplado en perspectiva el camino que se abre ante nosotros, cuando sólo hemos puesto nuestros pies en el punto donde el camino comienza, debemos recordar en cada etapa y mientras caminamos que este camino es historia de amor y salvación, y que sólo por la vivencia alegre de esta historia tiene sentido nuestra marcha

Amor es la palabra que encontraremos escrita en cada hito. Amor, la palabra que resonará en nuestro corazón mientras marchamos, como resuena el eco en las quebradas del monte.

Amor de Dios al hombre, a ese hombre que somos cada uno de nosotros. Como expresión de ese amor, envía a su propio Hijo. Por este amor, quiere que le llamemos Padre y nos dirijamos a él con amor y confianza de hijos. Por este amor, cuida de nosotros mejor que de sus pájaros y de las aves del cielo, que de las humildes y bellas florecillas que nacen en el campo.Por este amor y con más amor… Recuerda ese amor que tu has experimente en tu vida… Recuerda… Aunque nunca sabrás todas las pruebas de ese amor.

Amor de Cristo, ese Hijo de Dios que ha venido al mundo, no para juzgarlo, sino para salvarlo (Jn 12,47), para que todo el que cree en él tenga la vida eterna (Jn 3,15), y la tenga sobreabundantemente (Jn 10,10). Amor de Cristo que nos llama amigos porque todo lo que oyó al Padre nos lo ha dado a conocer (Jn 15,15). Amor de Cristo, que nos ha dicho que nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos (Jn 15,13), y él la dio. Amor hasta el fin (Jn 13,1). Cuando celebra la última cena con sus discípulos, antes de abandonar la sala, dijo, dirigiéndose a Dios: Yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26)
Sus últimas palabras fueron: Todo se ha cumplido (Jn 19,30). Agonizaba clavado en la cruz.

Amor que se alarga y llega hasta nosotros.
La última noche de su vida, en la velada que siguió a la cena de Pascua con sus discípulos, les dijo: Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio porque desde el principio estáis conmigo (Jn 15,26s). Cuando viniere, el Espíritu de la verdad os guiará hacia la verdad completa (Jn 16,13)

Esta historia de amor es la que vamos a recordar, la que debemos recordar durante todo el año que acaba de comenzar. Pero esta Historia evidentemente exige una actitud:

No tener miedo a Dios. Nunca: ni ahora, cuando estamos en camino; ni cuando lleguemos al fin del mismo. ¿Por qué tener miedo a Dios? No comprendo.
¿Acaso se puede temer a quien se acerca a nosotros en la carne de un Niño que pide calor, besos y amor (Navidad)?
¿Cuando viene como mensajero del amor, entregado a su misión, sin tener donde reclinar la cabeza mientras los pájaros tiene sus nidos y las raposas sus madrigueras (vida pública)?
¿Cuando inocente entrega su vida por muchos y muere crucificado (muerte)?
¿Cuando, como un pobre nos tiende su mano y nos pide una limosna de amor: ¿me amas? (Jn 21,16s)?
¿Por qué tenemos miedo a Dios? ¿Por qué se dice que hemos de temer a Dios?... No. A Dios no se le teme: a Dios se le ama.

Saber que es nuestro Padre y que a él debemos dirigirnos como a Padre. Es lo que Jesús nos ha enseñado de Dios. Cuando os dirijáis a él, decidle: Padre (Lc 11,2). Padre nuestro (Mt 6,9). ¡Tantas veces nos ha hablado de nuestro Padre del cielo! Hasta decirnos que hemos de perdonar como él perdona, amar como él ama, y ser perfectos como él es perfecto (Mt 5,44-48)

Y como a Padre hemos de amarle

Por el camino que él nos ha señalado debemos caminar hacia Él. En la última noche, cuando Jesús se despedía de los discípulos y les hablaba de su marcha y del camino, uno de ellos, Tomás, le dijo: No sabemos el camino. Jesús contestó: Yo soy el camino (Jn 14,6). Es verdad. Él es el camino. No hay otro camino para ir a Dios, no otra senda, ni un atajo. Pero a veces oímos decir que hay otros caminos y sendas fáciles, que existen atajos. No es verdad, pero no importa, se inventan. Y así vemos todos los días cómo muchos buscan esos caminos o eligen sendas que a ninguna parte conducen.

Al iniciar nuestra marcha podemos oír una voz: Sígueme (Jn 1,43) y encontrar unas huellas, las pisadas de quien se ha hecho camino y compañero de ruta. Sigue esa voz y pisa esas huellas. Después descubriremos, tal vez asombrados, que el camino discurre entre parajes extraños, quizá hostiles. No nos volvamos atrás ni busquemos caminos que no existen. Este es nuestro mundo y nuestro camino. En su última noche, Jesús pidió al Padre por nosotros: No te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno (Jn 17.16)
Existen peligros que debemos conocer y evitar si no queremos que la historia se malogre, las ilusiones se marchiten y el amor se muera. Son la rutina, repetir por inercia, sin vida, los hechos, las palabras y las costumbres de siempre; la superficialidad, el hedonismo o el espíritu pagano de nuestra sociedad que cada día respiramos, el cansancio, el olvido de que hemos de ser como luz y como sal o como ciudad levantada sobre una colina (Mt 5,13s)…
Descubrimos al iniciar la marcha que hay dos personas al comienzo mismo del camino:

Un hombre extraño, salido del desierto, Juan el Bautista, que señala y encamina hacia el primer hito de esta Historia: la aparición del Salvador, mas dice que para ello hay que preparar los caminos, rellenando barrancos, allanando collados, rectificando las sendas tortuosas… Sólo entonces, los hombres verán la Salvación de Dios (Mt 3,4-6)
Una mujer, una madre joven que espera el nacimiento del Hijo que lleva en su seno: María, la virgen de Nazaret. Nacido nos lo ofrece, marcando así el primer hito de la historia de amor. Pero esta virgen-madre se une después a nuestra marcha, camina con nosotros y está presente en los momentos más relevantes de esta Historia, mientras nos anima a seguir el Camino: Haced lo que él os diga (Jn 2,5)

Esta es la Historia maravillosa de amor, que deberíamos recordar siempre, pero con frecuencia olvidamos entre ritos vacíos, palabras hueras y costumbres repetidas, muertas como hojas de árboles en otoño.
Nosotros, recordamos y caminamos.

 Vicente Serrano