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Fiestas y celebraciones

  

 

La Iglesia desde tiempos antiguos celebra a los santos ángeles custodios, que son aquellos que a cada persona le da Dios para que cuide de ella en su vida terrena y le guíe hacia el cielo, donde Dios quiere reunirnos a todos.

El Ángel de la Guarda que nos acompaña en nuestra vida es una muestra más del amor que Dios nos tiene y de su personal providencia para cada uno de nosotros.

Muchos santos han tenido una especial devoción por los Ángeles de la Guarda, por ejemplo, San Bernardo exhortaba a respetar su presencia, agradecer sus favores y confiar en su ayuda.

Podemos acudir a él rezando esta oración:

«Ángel de mi guarda, dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día,

no me dejes solo que me perdería».

 

El Evangelio de la Fiesta de los Ángeles Custodios

Mateo 18, 1-5. 10

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:

«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge en mí.

Cuidado con despreciar a uno estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».

La fiesta de Todos los Santos, que celebramos el día 1 de noviembre, es una gran fiesta de LUZ y de VIDA.

En esta fiesta celebramos el triunfo de todos los que guardaron su fe en Jesucristo Resucitado y ahora viven con Dios para siempre. En esta fiesta todo es alegría y paz.

Es la fiesta de nuestros abuelos y padres que nos trasmitieron el precioso tesoro de la fe y ya no están con nosotros, porque hace más o menos tiempo partieron hacia la Casa del Padre. De todos aquellos de cuyo cariño gozamos en la tierra y nos siguen amando desde el cielo.

Es la fiesta de nuestra esperanza porque también nosotros, conforme a la promesa de Jesús, creemos que participaremos de su compañía en la casa del Padre y para ello cada día procuramos seguir el camino que Él nos muestra con su Palabra y con su Vida, el Camino que es el mismo Jesús.

 

 

Si hoy participamos en la Eucaristía, con un poquito de ceniza nos marcaran en la frente la señal de la cruz. Esto quiere decir que al empezar la cuaresma estamos dispuestos a reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y cambiar de vida.

La ceniza es en la Biblia signo de conversión. La que se nos impone este día procede de haber quemado los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. Con este signo iniciamos la cuaresma

La cuaresma es tiempo de conversión, de intensificar nuestra oración acompañada de sacrificios que nos acerquen más a Dios, de ayudar más a los demás, para así prepararnos a celebrar la fiesta mas importante de los Cristianos: La Pascua, la Muerte y Resurrección de Jesús, por la que hemos sido liberados del pecado.

En el Evangelio del Miércoles de Ceniza Jesús nos enseña como debemos hacer nuestra oración y nuestros sacrificios, nuestra ayuda a todos.

 

El evangelio del miércoles de Ceniza

Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensara.» 

 

La liturgia tiene su propio tiempo, porque su finalidad es ayudarnos a revivir los misterios de nuestra fe en los que se manifiesta el amor de Dios para que así nuestra respuesta de amor y entrega a Él sea cada vez mas generosa y más gozosa.

Por eso el Año litúrgico no empieza el día uno de enero, como el año civil, sino cuatro semanas antes de la Navidad –el Tiempo de Adviento-, durante las que nos preparamos para celebrar la fiesta del nacimiento de Jesús, el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, el primer misterio de la vida de Jesucristo.

Pasados los días de las fiestas de Navidad, comienza un nuevo tiempo litúrgico al que llamamos “Tiempo Ordinario”, no porque no tenga importancia, sino porque no se fija en un acontecimiento especial de la vida de Jesús, sino en su misión durante su vida pública.

Durante el Tiempo Ordinario cada domingo es el gran día de fiesta. Cada domingo fue históricamente la primera fiesta de los cristianos, pues desde el principio se reunían el “Día del Señor”, que coincidía con el primer día de la semana judía, para recordar y celebrar la resurrección de Jesús, cumpliendo el mandato recibido de Él en la Última Cena, en lo que ellos llamaban la “Fracción del Pan”.

Durante todo este tiempo vamos recordando lo que Jesús hizo y dijo: sus milagros, sus parábolas, sus enseñanzas y también sus actitudes, sus gestos, sus miradas… Así podemos ir conociéndole mejor y queriéndole más, para, como buenos discípulos imitarle y llevar a otros a que también le conozcan y le amen.

Por eso es muy importante que cada domingo escuchemos la Palabra de Dios, participemos en la Eucaristía y hagamos de este día un verdadero día de fiesta, con la familia, con los amigos y con toda nuestra comunidad cristiana, sintiéndonos unidos a la gran familia de los que creemos en Jesucristo, la Iglesia Universal.

El color litúrgico del Tiempo Ordinario es el verde.